Quienes mejor resumen La Transformación del Paisaje Puertorriqueño y la Disciplina del Cuerpo Civil de Conservación, 1933-1942 son los doctores Manuel Valdés Pizzini, Michael González Cruz y José E. Martínez Reyes, sus autores:
Este libro representa una primera mirada al proceso de transformación del paisaje puertorriqueño y a la disciplina instituida por el Programa de las CCC, desde la perspectiva antropológica y sociológica. Sus páginas presentan una narrativa de análisis social sobre el Programa, su impacto en la conservación de los bosques, su aportación al país y a la vida de los jóvenes participantes.
El estudio que informa este libro comenzó en 1994 en el Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) del Departamento de Ciencias Sociales del Recinto Universitario de Mayagüez. En aquel entonces yo era estudiante del programa de ciencias sociales del RUM y también asistente de investigación en CISA. Comentar el libro reaviva mis memorias, los recuerdos memorables de un trozo de mi historia de vida, de mi pasado estudiantil. Fue entonces, en los 90, que escuché por primera vez del estudio que acerca del Cuerpo Civil de Conservación realizaban el Dr. Manuel Valdés Pizzini y sus asistentes de investigación, entre ellos, los ahora Doctores Michael González Cruz y José E. Martínez Reyes. Siempre me pareció, dado mi interés en las relaciones humanas con la naturaleza, un estudio interesantísimo. Les confieso, principalmente ahora que he visto uno de los productos del estudio, que me hubiera gustado mucho participar activamente de esa investigación. Yo no era asistente de investigación de Valdés sino del apreciado Dr. Jaime Gutiérrez; trabajaba en otro proyecto interesantísimo sobre los medios y los desastres naturales. No obstante, recuerdo haber ayudado al estudio del Programa de la 3C tomando las notas iniciales de la historia de vida de uno los entrevistados por los investigadores. Y más recientemente, uno o dos años atrás, tuve la oportunidad de leer y revisar uno de los manuscritos iniciales del libro que hoy les comento.
Comentar este libro, La Transformación del Paisaje Puertorriqueño y la Disciplina del Cuerpo Civil de Conservación, 1933-1942, es entonces para mí muy especial no solo porque refresca mis memorias estudiantiles, muchas de estas muy buenas, sino porque además fue escrito por tres personas que también son muy especiales para mí, tres colegas y amigos. Se trata, como ya conocen, de Manuel Valdés Pizzini, Michael González Cruz y José E. Martínez Reyes. El primero fue mi profesor en algunos cursos de sociología, uno de los cuales fue Cambio Social y Cultural, en que aprendí muchísimas cosas y que hoy es uno de los cursos que habitualmente enseño. Siempre le he admirado y apreciado muchísimo, no solo como su estudiante sino además como su colega y amigo. Demás esta decirles que su obra intelectual es indisputablemente admirable y magnifica. Y Michael y José son dos viejos amigos, con los que estudié aquí en el RUM, aunque a Michael lo conocía desde mucho antes. Fuimos juntos al kindergarten y a la elemental allá en la Segunda Unidad de Borinquén en Aguadilla.
La Transformación del Paisaje Puertorriqueño y la Disciplina del Cuerpo Civil de Conservación, 1933-1942 y su autores son entonces parte de mi historia de vida. Y hablando de historias de vida, el libro es precisamente, y a pesar de ser el producto de una triangulación de métodos de investigación, acerca de las historias de vida de aquellos que trabajaron en el Cuerpo Civil de Conservación. El libro trata, como diría Michel de Certau, el pasado de una “gente sin historia.” El libro da voz a la memoria de esa tropa, la de los reclutas y/o trabajadores del Cuerpo Civil de Conservación. Dándoles voz el libro apiña y forma una narrativa polifónica de prácticas anónimas y frágiles, atadas en este caso a la trasformación del paisaje, para relatar la historia de las distintas formas en que aquellos trabajadores efectuaron esa alteridad. Trae a la reserva común de nuestra memoria cultural no solo la historia animada del Cuerpo Civil de Conservación y su conexión a la trasformación de nuestros paisajes sino también la historia de la metamorfosis de los propios trabajadores, y la de otros actores sociales envueltos en esa historia. Las historias de vida de estos trabajadores son las historias de su obra a “pico y pala,” confirmando lo que también expresó de Certau, que las historias de vida son las historias del trabajo duro.
Recoger esas historias de vida, como les diría cualquier antropólogo o sociólogo, es también una faena fatigosa. Estoy seguro de que así lo confirmarían Manuel, Michael y José. Y no me refiero solo al trabajo difícil de conseguir los contactos, realizar las entrevistas, transcribirlas, codificarlas, etc., sino también al trabajo arduo y difícil de construir una narrativa coherente de las 3C y su transformación del paisaje basados en memorias, esos anales siempre fragmentarios del pasado, esos relatos invariablemente seccionados y repletos de hoyos, incongruencias y olvidos. Es por ello, por su difícil reconstrucción de un pasado circunscrito a más o menos una década, que La Transformación del Paisaje Puertorriqueño y la Disciplina del Cuerpo Civil de Conservación, 1933-1942 es extraordinario.
Aparte de dar voz a unos reclutas hasta hace poco sin historia el libro es producto de una intersección, del encuentro creativo y original de diversas disciplinas. Aunque es logrado principalmente desde la antropología y la sociología, otras disciplinas están envueltas en la realización de este libro, entre ellas la ecología política, los estudios americanos, la dasonomía, la historia, y la geografía. Su trans disciplinariedad, bien lograda, y anómala en las ciencias sociales puertorriqueñas, es un paso adelante en el desarrollo del conocimiento nativo, el que requiere de más esfuerzos trans disciplinarios come este.
El libro es también una valiosa aportación a la historia ambiental y/o, como notara Ángel G. Quintero Rivera, al estudio histórico de la relación entre ecología y política. Hace unas semanas argumentaba en un artículo para 80 Grados que con algunas excepciones la historia ambiental apenas había sido tema de investigación en la academia puertorriqueña. Para estos la naturaleza no es aún un problema histórico de importancia. La Transformación del Paisaje Puertorriqueño y la Disciplina del Cuerpo Civil de Conservación, 1933-1942 es una de esas excepciones en las que pensaba cuando escribí la columna.
Para sus autores la naturaleza está formada por “espacios que aparentan ser naturales, pero que son lugares con una historia de uso, de trasformación y configuración por la acción humana a la que les damos un sinnúmero de interpretaciones.” Son precisamente esas trasformaciones e interpretaciones el objeto de la historia ambiental. Esta se ocupa, por un lado, de examinar cómo ha cambiado el ambiente y el origen de esas transformaciones, muchas de ellas productos de la acción humana. Se ocupa asimismo de discernir las ideas acerca de la naturaleza, los numerosos discursos, ideologías y representaciones movilizados por distintos actores sociales para significar y justificar su relación con la naturaleza. Y eso es precisamente lo que hace el texto que hoy les comento. Examina, por un lado, unos espacios, como el Yunque por ejemplo, que aunque aparentan ser prístinos son en efecto una socio-naturaleza, un artefacto socio-cultural con una compleja historia de usos, cambios y reconfiguraciones a las que se la dan diversas interpretaciones. Los autores combinan muy bien el estudio de los cambios físico-materiales, particularmente la producción socio-espacial del paisaje, y las diversas representaciones de esos paisajes por parte de diversos actores sociales, entre ellos los usuarios de esos espacios, las instituciones que los manejan y aquellos trabajadores que son su trabajo construyeron y ordenaron esos espacios.
La ordenación de esos paisajes por el Cuerpo Civil de Conservación es moderna. De hecho, el libro es también una contribución notable a la discusión de la modernidad en Puerto Rico, principalmente a la discusión del papel de nuestra relación con la naturaleza en esa era. Pero, cualquier discusión de la modernidad es una discusión del capitalismo y del colonialismo, todos fenómenos conectados de formas muy complejas. Cito nuevamente a Ángel G. Quintero, quien sobre el libro, dice: “Abre campo, en términos de la manera de acercarse teóricamente al estudio de la política pública con los recursos naturales, y enmarca, para Puerto Rico, dichas políticas específicas en procesos más amplios de la política colonial.” Pero una vez entramos en el campo de la política colonial no podemos sino entrar también al campo del capitalismo, pues no se trata de fenómenos independientes sino de fenómenos interrelacionados de formas profundas. La acumulación colonial no es una precondición del desarrollo capitalista sino un elemento indispensable de su dinámica interna. También lo es de las dinámicas de la modernidad.
Según Fernando Coronil un enfoque que privilegia la relación constitutiva entre el capitalismo y el colonialismo nos permite reconocer los papeles fundamentales que el trabajo y la naturaleza colonial han jugado en la formación del mundo moderno. Y eso, en el caso particular de Puerto Rico, es lo que facilita el libro de Valdés Pizzini, González Cruz y Martínez Reyes, registrar los papeles esenciales que el trabajo de los reclutas del Cuerpo Civil de Conservación y el paisaje han jugado en la marcha de la modernidad en Puerto Rico.
Los autores nos recuerdan, citando a Macnaghten y Urry, que esa marcha envuelve el uso de prácticas racionales y tecnologías avanzadas para el manejo de la naturaleza y el mejoramiento de su rendimiento. Por eso el progreso humano, afirman Macnaghten y Urry, debe ser medido y evaluado en términos de la dominación de la naturaleza. No sé qué tan aferrados a este acercamiento eco-modernista están los autores pero aprovecho para distanciarme de esa posición. Es cierto que encontramos entre las pretensiones modernas, muchas de ellas perversas, la dominación de la naturaleza. Pero, concuerdo con Bruno Latour en que si el progreso humano debe ser medido y evaluado en términos de la dominación de la naturaleza entonces nunca hemos sido modernos. La modernidad no trajo consigo la dominación de la naturaleza. La Modernidad trajo consigo tecnologías y conocimiento que nos han permitido alterar, explotar y disciplinar la naturaleza como nunca antes, hasta el punto de convertirla en toda una categoría social, un artefacto socio-cultural, una segunda naturaleza. Pero no la controlamos, no la dominamos. Y me temo que nunca lo haremos. Esta posee una gran autonomía y es un “actante” muchas veces indisciplinado; nos patea el trasero con mucha frecuencia, tanto que Slavoj Žižek la define como una “serie de catástrofes.”
Cierto, la modernidad, como proyecto ecológico, envuelve esfuerzos para dominar la naturaleza. Y eso incluye a los humanos. Todo proyecto ecológico, como han argumentado los teóricos críticos de Frankfurt y también la Geografía Crítica, es simultáneamente un proyecto social. La explotación y disciplina de los recursos naturales, de los bosques, por ejemplo, es inseparable de la explotación social. La obra de Valdés Pizzini, González Cruz y Martínez Reyes lo confirman. Es una mirada valiosa a la compleja relación entre disciplinar a la naturaleza, el paisaje puertorriqueño en su caso, y disciplinar el cuerpo y lo social, a Puerto Rico y su gente. Como ellos mismos explican la misión del Programa de las 3C era “auxiliar el cuerpo de los hombres y el de la naturaleza, arropándolos con el alivio de la ayuda federal. En otras palabras, el cultivo de los bosques era el cultivo de ‘los otros.’ Al cultivarlos y disciplinarlos se cumplía con la misión de la Modernidad y del progreso, produciéndose un nuevo paisaje, para evocar a Azorín, una nueva imagen de nosotros, de nuestro espíritu.” Note que en términos de su etimología la palabra colonialismo proviene de la palabra latina colonus, que quiere decir cultivador. La colonización del paisaje puertorriqueño, su colonización y/o cultivo, es inseparable, como lo demuestra el caso de las 3C, de la colonización y cultivo de los puertorriqueños. En ese sentido La Transformación del Paisaje Puertorriqueño y la Disciplina del Cuerpo Civil de Conservación, 1933-1942 contribuye también a nuestro entendimiento de la cuestión colonial puertorriqueña, específicamente a reconocer los papeles fundamentales que el trabajo y la naturaleza han jugado en la formación de la colonia bajo el dominio estadounidense.
Como practicante de los estudios americanos una de los aspectos que más me interesaron del libro fue su aportación, palpablemente valiosa, al estudio histórico del Nuevo Trato y su huella en la Isla, una huella grabada en el paisaje y en los cuerpos trabajadores. El texto es una contribución importante al estudio histórico de esa época, particularmente por su enfoque en la “pobreza de la tierra” y de la “penuria de la naturaleza,” asuntos de gran interés para la administración del Presidente Franklin Delano Roosevelt. Su análisis y documentación de la reconstrucción de paisaje bajo el programa de las 3C es excepcional y reveladora, una contribución significativa. Pero quiero redirigir la mirada de la transformación del paisaje a la transformación de los obreros en el contexto de una alegada benevolencia capitalista.
Valdés Pizzini, González Cruz y Martínez Reyes observaron que por donde quiera que miremos encontraremos apologías de las 3C, celebraciones y remembranzas del Programa. Pero, en el caso de los reclutas entrevistados los autores demuestran que su discurso estaba estructurado alrededor de dos dimensiones encontradas. Por un lado, los trabajadores veían el programa como un espacio de explotación. En efecto, el trabajo en el programa, a “pico y pala,” era explotador, producto de una disciplina totalitaria y déspota, digno de las instituciones totales. Sin embargo, y por el otro lado, los trabajadores consideraban el programa un espacio alternativo con ventajas laborales, en especial cuando comparaban su experiencia con la de los trabajadores de la caña. Efectivamente, el programa representaba, como demuestran los autores, condiciones favorables para los trabajadores. De ahí que se le puede considerar al programa la prueba de un capitalismo compasivo y sensitivo.
Mi intervención es hoy una apostilla, una acotación que comenta, interpreta o completa un texto. Quiero terminar ofreciendo algunas reflexiones en torno a esta idea de un “capitalismo compasivo” y rematar una línea de pensamiento presente en el libro de Valdés Pizzini, González Cruz y Martínez Reyes. La compasión es un sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias. ¿Es el capitalismo compasivo? Dejaré a un lado la discusión sobre si el capitalismo, en términos esenciales, es o no capaz de conmiseración y lástima. Asumiré más bien que el altruismo del capitalismo posterior a la crisis económica de los 30 fue un fenómeno contingente, circunstancial. Niego con esto la posibilidad de elevar la alegada misericordia capitalista de los 30 a una cualidad cardinal y extra-histórica del capitalismo. Si continuamos con la personificación del capitalismo diría más bien que se trata de una hipocresía disfrazada de compasión, de una simulación de sentimientos contrarios a los que verdaderamente sentía. Señalo esto porque como plantean los autores, El Nuevo Trato fue una respuesta estratégica para maximizar la producción, estabilizar el capitalismo y aliviar la crisis política producto de la crisis económica. Para el historiador Howard Zinn las reformas de Roosevelt tenían que resolver dos cosas. Primero, tenían que reorganizar el capitalismo de tal forma que transcendiera la crisis y estabilizar el sistema. Segundo, tenían que tranquilizar a los trabajadores, quienes en muchas ocasiones, y a veces de forma espontánea, se rebelaban y se organizaban contra el sistema en ciudades alrededor de los Estados Unidos.
Las concesiones otorgadas a los trabajadores, ese “nuevo trato” que recibieron, no fue producto de una administración misericordiosa y altruista sino más bien producto de los esfuerzos estatales para salvaguardar el sistema capitalista. La conmiseración y lástima iban primeramente dirigidas al capital, luego a los trabajadores. Además, los trabajadores no eran agentes pasivos, particularmente en esa época. Existía en los Estados Unidos un poderoso movimiento de auto-ayuda y acción directa. Contrario a la imagen popular de la época los trabajadores no esperaban sentados y desesperados por la ayuda del gobierno. Además, las concesiones y ayuda gubernamental fueron en muchos casos logradas por los trabajadores mismos, quienes se organizaron en lo que algunos han llamado el Frente Popular. Y como demuestra Michael Denning el Frente Popular no fue meramente un “fellow traveler” del Nuevo Trato. La alianza de este movimiento social con la administración de Roosevelt representaba más bien un esfuerzo de los trabajadores, muy bien organizados, para radicalizar los esfuerzos del Nuevo Trato e instituir en Estados Unidos una democracia social. En el contexto de esta lucha y de los esfuerzos del movimiento laboral estadounidense es difícil imaginarse un capitalismo compasivo. Su citada benevolencia fue, en todo caso, producto de las circunstancias y de la presión ejercida por los trabajadores.
En Puerto Rico no existió un frente popular tan poderoso y organizado como el estadounidense y carecemos de esfuerzos intelectuales para discernir mejor el impacto del Frente Popular estadounidense, si alguno, en el movimiento de los trabajadores puertorriqueños. El Congress of Industrial Organizations (CIO) que surgió del rompimiento de varias organizaciones con la American Federation of Labor (AFL), desempeñó un papel importante en el Frente Popular. La falta de un frente popular en la Isla pudo deberse al hecho de que allí predominó la AFL, la cual no interfirió con los intereses de las corporaciones estadounidenses en la Isla y no apoyó la lucha obrera nacional. Pero, esta es una de esas veredas de la historia puertorriqueña que aún nos queda por explorar sobre las década de los treinta y los cuarenta.
Sobre esas veredas inexploradas también nos hablan los autores de La Transformación del Paisaje Puertorriqueño y la Disciplina del Cuerpo Civil de Conservación, 1933-1942, para quienes aún quedan mucho por investigar acerca del Programa de las CCC:
En el trayecto recorrido con el Programa de las CCC, hemos recolectado fragmentos, retales de un proceso complejo y rico. Hemos rasgado la superficie con esta mirada. Todavía hace falta una arqueología de campo, en el sentido más amplio del concepto “arqueología”, para profundizar sobre el Programa y sobre los procesos de conservación y de construcción de los recursos naturales y de la naturaleza en Puerto Rico. A ese colofón nos ha conducido esta vereda.
Curiosamente, y aludiendo nuevamente a de Certau, el futuro y el presente dependen de la arqueología de gestos, objetos, palabras, imágenes, formas y símbolos, un repertorio con muchas pasajes desde los cuales un paisaje de comunicación es formado y son ideadas propuestas innovadoras. Posiblemente la arqueología de Valdés Pizzini, González Cruz y Martínez Reyes, incluyendo esa desde la cual se produjo La Transformación del Paisaje Puertorriqueño y la Disciplina del Cuerpo Civil de Conservación, 1933-1942 nos auxilien en la comprensión de nuestro presente y la construcción de nuestro futuro. El libro es para los autores una “primera mirada” conectada a trayectoria recorrida con el Programa de las CCC. Espero que en el futuro los autores nos beneficien con el producto de otras miradas arqueológicas a ese programa, tan buenas o mejor que la inaugural.
*Comentario del libro ofrecido el 28 de septiembre de 2011 en una actividad para presentar el mismo auspiciada por la Asociación de Estudiantes de Historia en el Recinto Universitario de Mayagüez.
Tags: ambiente, ecología, El Yunque, Pensamiento ecológico, produccion de naturaleza
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