Los paradigmas o meta-dogmas del marxismo y el marxismo-leninismo
En la práctica los paradigmas aludidos se comportan como los mitos. Representan una explicación confiable y coherente y a la vez establecen unas pautas para la acción.
El primero de ellos fue la redención proletaria. La idea del carácter manumisor de una clase no era nueva. En gran medida es un desarrollo de uno de los mayores dogmas del 1789: el protagonismo histórico de la burguesía como signo del pueblo en la historia. La interpretación marxista y marxista leninista revisa la noción pueblo y la informa de un contenido social más específico y cerrado. Ahora se trata de un fragmento específico de la clase obrera, los productores directos de mercancías que venden sólo su fuerza de trabajo. Se trata del proletariado, hijos de la prole en su sentido clásico o los generadores de plusvalía cuando se les mira desde la perspectiva de la interpretación económica marxista del capitalismo.
A pesar del soporte sociológico en el cual se sostiene el argumento, la discursividad sobre la redención proletaria adopta un tono moralizador y totalizador en la medida en que afirma el deber del proletariado de redimir consigo a toda la humanidad. En la práctica el argumento tendía a equiparar a la clase obrera y al proletariado con la humanidad. El proletariado estaba destinado a cumplir la función que la revolución burguesa dio al pueblo en la metáfora del 1789.
Marx y Engels reconocían que la clase obrera y el proletariado eran fragmentos de un todo social complejo. Su papel protagónico estaba determinado por su condición de productores directos y generadores de plusvalía. La expropiación de la plusvalía por parte del capital era la iniquidad fundamental del capitalismo. Su devolución a los productores era la médula de toda revolución que no se interpretaba sino como el mecanismo a través del cual la misma era socializada con el fin de impedir su aprovechamiento por el capitalista y el capital. Lenin y Stalin revisaron ese discurso después de 1917 instrumentalizando el mismo a través de una estructura concreta: dictadura del proletariado, cuya finalidad esencial era la liquidación de los capitalistas y el capital.
El segundo paradigma fue el destino comunista de la humanidad. La consideración se basaba en el argumento progresista de que la demolición del capitalismo se imaginaba inevitable. Una cosa llevaba a la otra. Una vez determinado que el mal endémico de la civilización era la propiedad y la división de clases derivada de su distribución desigual, se deducía que el mundo nuevo sería un mundo sin clases. Aquello implicaba una nueva definición de la libertad más allá del disfrute de la propiedad. La verdadera libertad e igualdad solo era posible en el comunismo, es decir, tras la demolición de la propiedad misma. La argumentación es circular porque parte de la premisa de un retorno a un estado natural y a cierta acracia anterior a la propiedad. La imagen del progreso, sin embargo, establecía con claridad que aquella acracia sin propiedad poseería unas características objetivas distintas a la que había quedado hipotéticamente atrás en el tiempo de los orígenes.
Como era de esperarse la redención del proletariado conduciría al destino comunista de los modelos teóricos. Los dos paradigmas están ligados a un proceso de reevaluación del paradigma o meta-dogma del progreso de la ilustración y la ciencia modernidad. En ese sentido tanto el método dialéctico marxista y el marxismo leninismo son un corolario del pensamiento ilustrado y científico moderno y representan uno de sus extremos más interesantes.
El tercero de aquellos paradigmas fue la imaginación del partido pequeño y disciplinado como traducción necesaria de la vanguardia de aquella clase revolucionaria. Los fundamentos más sólidos de aquella propuesta fueron teorizados por Len 1903 en el panfleto político ¿Qué hacer? Pero lo cierto es que el 1903 y el 1917 fueron dos momentos muy distintos tanto en el plano histórico como en el sociológico. La idea del partido pequeño y disciplinado parte de la premisa de que la posesión de los bienes político-culturales, el dominio de la táctica y la capacidad de interpretar no son homogéneos. El racionalismo puro parte de la creencia de la universalidad de la razón, pero reconoce la racionalidad desigual en sus múltiples manifestaciones concretas. La postura se concretó en un culto radical al racionalismo de la lucha de clases y en una oposición feroz al espontaneísmo o la irracionalidad revolucionaria.
En la praxis derivaba hacia el reconocimiento de que la clase obrera tenía niveles desiguales de conciencia de clase. La nivelación de las mismas correspondería a la vanguardia. Para facilitarse esa meta la vanguardia tendría la necesidad y el deber de organizarse. La seguridad de la organización justificaría la consolidación de un partido que fungiría como representante de la clase en el proceso de propiciar y adelantar la revolución. Esa representatividad de la vanguardia organizada en un partido era transparente, es decir reflejaba con fidelidad, los intereses objetivos de la clase obrera y el proletariado. El partido es un modelo de organización pero también es un modelo ético. Esa consideración explica el prestigio del partido como autoridad interpretativa y filosófica antes y después de la toma del poder.
El cuarto paradigma es la cuestión de la dictadura del proletariado de la cual el partido es uno de los fundamentos. Los antecedentes de ese concepto se trazan hasta la obra de Marx, Crítica del Programa de Gotha (1875) y los comentarios sobre la Comuna de 1871 en La Guerra Civil en Francia (1871) y los comentarios de Engels a ese libro redactados en 1891. El principio de la dictadura del proletariado fue una clave en las disputas ideológicas con los anarquistas y los socialdemócratas alemanes.
La naturaleza ácrata del anarquismo partía de la aceptación de la destrucción radical del Estado por medio de la fuerza. Aquella finalidad estratégica se saciaba a las tácticas espontáneas, irracionales y a lo que los marxistas denominaban terrorismo individual. La identificación del Estado con Dios fue una de las metáforas políticas más significativa de Mijail Bakunin.
Los socialdemócratas, por otro lado, pensaban que los mecanismos del estado podían ser utilizados en beneficio de la clase obrera y el proletariado. Esa actitud explica su disposición a participar en los procesos electorales y su confianza, en caso de revolución obrera, de que se podría usar el estado burgués en beneficio de los oprimidos. En ciertos casos extremos esa percepción condujo a algunos socialdemócratas a pensar en la posibilidad de transformar el estado y no destruirlo. Los debates entre marxistas marxista leninistas, anarquistas y socialdemócratas se centraron en el asunto del papel del estado y el papel del partido en el contexto del proceso revolucionario.
Marx, Engels, Lenin y los bolcheviques estuvieron de acuerdo en un punto: el rechazo tanto a la interpretación anarquista-ácrata y a la socialdemócrata. Demoler todo tipo de estado o moldear el estado burgués en beneficio de la clase obrera y el proletariado representaban dos interpretaciones problemáticas del asunto. Las tesis de abril dictadas por Lenin tras su regreso de Ginebra en un ferrocarril sellado bajo la protección del Imperio Alemán en 1917 representan la mejor síntesis de su postura. En las conferencias y panfletos recogidos en el volumen Acerca del estado se amplia al respecto desde la situación especial de los primeros meses de Revolución Bolchevique a inicios de 1918. Los comentarios insertados en un ciclo de conferencias a las Juventudes Comunistas son ilustrativos de la necesidad de un tipo de Estado tras el triunfo de la revolución.
La cuestión de la dictadura del proletariado y su legitimidad se convirtió en un asunto fundamental para la tradición rusa. Se trataba de una experiencia sin precedente e inédita que los bolcheviques se vieron precisados a diseñar en la práctica. La dictadura del proletariado y sus formas concretas fue una consecuencia inevitable de la Revolución de Octubre de 1917. El Partido Bolchevique (1917), luego Partido Comunista Ruso (1918), se identificaron como los constructores o inventores de aquella estructura dada su condición de vanguardia organizada de la clase obrera y el proletariado
La dictadura del proletariado era considerada por Lenin como el periodo de transición hacia el comunismo. El hecho de que se aceptara que el comunismo era inevitable, daba una confianza extraordinaria en la eficacia de la propuesta. Lenin siempre se cuidó de no arriesgarse a predecir cuanto tiempo duraría la dictadura del proletariado. La transición hacia el comunismo era lógica e inevitable pero seguía siendo impredecible.
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