Joel Ramos Ortiz
Un chico muy sensible e interesado en la sociedad. Recuerda con mucho gusto la vez que tuvo la oportunidad de llevarle la cena de Acción de Gracias a luna familia pobre. Nació en Mayagüez el 15 de junio de 1988. Estudia Ingeniería Mecánica y su máximo interés es salir bien en sus cursos. Desea graduarse y conseguir un trabajo. El RUM le gusta todo y por todo. Disfruta su tiempo libre jugando baloncesto y compartiendo con sus amigos.
Estaré a tu lado
Algo terrible había sucedido. Su memoria, aunque vaga, la llevaba a un momento en el que se escuchaban sonidos de sirenas, las preguntas persistentes de otras personas y el rugido del motor de un helicóptero.
La confusión ensombreció la mente de Ana mientras buscaba, en la habitación de un hospital, el rostro amoroso de su esposo Jorge. ¿Dónde está? ¿Y si algo malo le sucedió? ¿Estará lastimado? Momentos más tarde, el padre de Jorge se inclinó y le susurró las palabras que le confirmaban sus peores temores: -Jorgito se ha ido.
En su interior, Ana gimió: ¡No! ¡No! ¡No se pudo haberse ido! Dios mío, necesito a Jorge. La medicina para el dolor hizo su efecto y Ana se sumergió en el sueño mientras oraba pidiendo que lo que acababa de escuchar fuera solamente una pesadilla que se desvanecería.
Ana y Jorge habían viajado a Iowa para la boda de la hermana de Jorge, en la víspera de Año Nuevo. Cuando iban camino al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a casa, el padre de Jorge disminuyó la velocidad con cautela al acercarse a una vía que no tenía barrera y en la cual pasaba un ferrocarril, pero una hilera densa de árboles le obstaculizó la visión. Cuando vieron el tren, que surgía detrás de los árboles, ya era demasiado tarde. El tren cortó y arrancó todo el lado derecho del vehículo y lo hizo girar trescientos sesenta grados antes de lanzarlo a una zanja.
Pasó un mes y a Ana le dieron de alta para que regresara a su casa. La recuperación iba marchando bien. Poco a poco, su familia y amistades le recordaron cómo volver a reír. La ayudaron a volver a caminar sola. A llorar y atesorar los recuerdos de Jorge. Dios tampoco la abandonó. Se dio cuenta de que el asombroso poder de la gracia de Dios también la ayudó a recuperarse, de que Él siempre estuvo allí. Ahora le da las gracias al Señor por darle la vida y por cuidarla siempre.