Carla M. Fabre Ruiz
Luz en la oscuridad
En su cuarto se encontraba Alicia llorando desconsolada por la muerte de su madre. Ahora era su responsabilidad cuidar de sus hermanos menores. Era una joven humilde, con excelentes valores morales y desde niña se ocupaba del hogar para que su madre pudiera salir a trabajar.
A la mañana siguiente, Alicia salió rumbo al supermercado en busca de trabajo, pero le fue imposible conseguirlo ya que era menor de edad y nadie creía su historia. Saliendo del supermercado, vio a una señora mayor cargando muchos paquetes y se acercó a ella.
-Disculpe señora, veo que lleva una carga muy pesada para usted y si no es molestia me gustaría ayudarla.
-Claro que sí, mi niña. Te lo agradeceré mucho ya que nadie más se había ofrecido, pero debo avisarte que vivo muy lejos de aquí.
En el camino, la señora le contó a Alicia la trágica historia de su vida. Su esposo y su hijo murieron en un accidente de autos por culpa de un hombre que viajaba a exceso de velocidad mientras ella conducía. Desde entonces su salud se había empeorado y ahora se encontraba sola y muy enferma. Alicia le tomó mucho cariño y se dedicó, desde entonces, a cuidarla. La señora de daba comida para ella y sus hermanos. Un día, cuando Alicia entró a la lujosa casa de la anciana, la encontró muerta en su cama y en sus manos una carta que decía: “Querida Alicia, lamento dejarte sola, pero el momento de partir ha llegado. Gracias por haber sido tan especial conmigo y por cuidar de mí sin ningún interés. Serás la heredera de todos mis bienes y fortuna”.