Voces de Prepas

Cuentos de primera mano

Wilalberto Rodríguez González

Nació en Río Piedras el 18 de julio de 1988. Le gustan las computadoras y escribir programas para ellas, por eso está estudiando Ciencias en computación, además también le gustan los videojuegos, los autos, los deportes y la música. Quiere continuar sus estudios hasta terminar un doctorado, conseguir un buen trabajo y casarse para formar una familia. Es un estudiante que aprecia todo lo que el Colegio le brinda como sus profesores, la atención que se presta a los estudiantes, la motivación, la falta de barreras para desarrollarse y el orgullo de sentirse colegial. Guarda un bello recuerdo de cuando era niño y luego del primer día en el kindegarden sus padres lo esperaban con los brazos abiertos, como a todo un campeón.

Medellín

Había una vez una garza muy antisocial llamada Medellín. Físicamente no era nada especial, era alta, flaca y bastante paliducha. Tenía un pico largo, que parecía no tener final. Sin embargo, su lengua era la que no tenía competencia.

Medellín se había mudado recientemente a una finca de Hatillo. Simplemente llegó y se paró sobre la vaca más grande y más gorda que encontró. Aquélla sí que era una vaca admirable. El dueño de la finca estaba orgulloso de ella, cada vez que la miraba, pensaba en el potencial económico que la vaca representaba y sus bolsillos le clamaban. Medellín, sin embargo, consideraba a aquella vaca más que su hogar, la llamaba su territorio. No permitía que ninguna otra garza se le acercara. Día a día cuidaba de ella y se defendía de cualquier otra garza metiche que quisiera robarle a su amada vaca. Tanta era la obsesión de Medellín con su vaca, que se echó de enemigas a todas las demás garzas de la finca.

Las garzas no entendían su actitud, si total, todas se llevaban muy bien y se acompañaban. Hasta tenían una sociedad formada para protegerse y cuidarse. Una noche se acercó a Medellín un comité formado por varias garzas, llegaron para ofrecerle que se uniera a ellas. Medellín se comportó arrogante, se trepó encima de la cabeza de su vaca y a gritos contestó: -¡Dichosas condenadas! No soy gallina para andar en sociedades tratando de cuidarme de no terminar en barbacoa. Me llamo Medellín y sola por el mundo voy. Sola con mi vaca. No tengo amigos, esposa, ni hijos, es más, ni madre que yo recuerde, así que déjennos en paz. No las necesito, no las necesitaré, simplemente no me hablen. Son unas envidiosas y lo que quieren es quitarme mi vaca y eso yo nunca lo permitiré. Estas fueron las últimas palabras que Medellín intercambió con las pobres garzas, quienes juraron nunca más dirigirle la palabra. Es por esta razón que dos días más tarde ninguna supo por qué Medellín andaba borracha y deprimida. Ninguna se atrevió a preguntarle qué le pasaba. Ninguna se enteró que para la pena de Medellín, el dueño de la finca había cobrado en grande y que esa semana había especial de carne de res en el supermercado.

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