Omar Colón Muriel
Riopiedreño que nació el 19 de agosto de 1988. Empezó sus estudios en los Estados Unidos y se trasladó a Puerto Rico con su familia en donde finalizó la escuela superior con un certificado en Diseño Arquitectónico. Recuerda como algo muy especial la noche de su graduación de grado doce. Estudia Ingeniería Civil y desea terminar la carrera, viajar y fundar una familia. Omar es un pintor nato, y lo hace muy bien. En sus ratos libres, además de pintar, toca guitarra o batería, juega baloncesto, participa en obras de teatro y pasea con su novia. Lo que más le gusta del Colegio es todo lo que le ofrece para su desarrollo integral.
Seis hombres
Ayer, estaba en casa de lo más tranquilo cuando entraron unos misteriosos personajes. Seis hombres vestidos de negro y con máscaras de tela negra cubriendo su rostro. Se dirigían hacia mí y, sin preguntar, salí al patio por la puerta trasera, salté la reja y corrí hasta alcanzar la calle de mi barrio. Estaba exhausto, pero me quedaban fuerzas para pedir auxilio. Grité tres veces, hasta que salieron seis hombres vestidos de negro, arrastrando a un hombre, lo raptaron de su propia casa. Enmudecí y me escondí para que no se percataran que estaba allí. Uno de los hombres estaba arrancándole los cabellos de raíz a la pobre víctima. En ese instante, en la casa que estaba al cruzar la calle, se escuchó el grito de una mujer. Se abrieron las puertas repentinamente y salieron seis hombres arrastrando a una mujer. La habían desnudado. Ella no reaccionaba, parecía estar muerta. Cuántos, cuántos… no podía evitar pensar en cuántos eran. Escalé una reja para treparme en el techo de una casa y alcancé a ver un ejército de hombres vestidos de negro. Mi desesperación era inmensa. Cuando bajé del techo sentí que algo me agarró por el brazo. Era uno de ellos. Después, otro me agarró por una pierna. Me levantaron y pude ver a los seis. Uno de ellos se encargó de arrancarme la camisa, otro me estaba arrancando el pelo y el ardor era tremendo. Cuando estaba sin camisa, otro de ellos, que tenía un fuete en su mano, comenzó a castigar mi abdomen, el fuete parecía tener espinas porque me estaba desgarrando la piel. No podía hacer nada más que gritar y preguntar por qué me estaban haciendo eso. Escuché una carcajada diabólica y yo sentía mi piel ardiendo en fuego. Súbitamente abrí los ojos… estoy en mi cuarto, acostado y todo estaba ardiendo en llamas, hasta la sábana que me arropaba. ¡Gracias a Dios que pude escapar del fuego!